20.5.12

Sobre gobiernos, plátanos y conjuntos vacíos

Eran las tres de la mañana del lunes 5 de julio del 2010 y, como correspondía a mi función de representante general de la coalición de partidos anti-pri, anduve afanosamente reuniendo las actas de mi sección electoral, después de haber asistido a una comunidad enclavada en la baja Sierra Sur, distante de la mía como tres horas. Los resultados preliminares le daban ya el triunfo a un señor de nombre Gabino y apellido Cue que, no por mera coincidencia, era también mi candidato; y lo fue en el 2004, y lo fue en el 2006, cuando ascendió a Senador de la República. No hay rectificaciones ni arrepentimientos finalmente, más allá de las personas, nos movió el interés de buscar para Oaxaca mejores expectativas, en lo político, social y educativo. No quiero pecar de ingenuo si confieso que, allá en los altos de la cordillera, donde los amigos dicen que me la pasé todo el día comiendo puro plátano perón, tuve la esperanza de que ahora las cosas podrían ser más halagüeñas en la relación de los maestros con el gobierno del estado y de manera particular con el Gobernador; incluso la gran posibilidad de recesar las movilizaciones, merced a la certeza de un diálogo permanente y constructivo; pero está visto que no fue ni será así, tomando en cuenta las motivaciones que orientan la decisión política del titular del ejecutivo estatal. No es difícil reconocer estas motivaciones echándole un ojo a su gabinete; el Señor Gabino no asumió compromisos con el pueblo que lo eligió, incluyendo en su equipo a oaxaqueños de valía, que los hay y en cantidad suficiente; de manera particular en el IEEPO, dónde no sólo se debe administrar la Educación Pública en Oaxaca, sino, de forma categórica se debe estar construyendo un gran proyecto educativo acorde a las necesidades y expectativas de nuestra comunidad, no lo hizo. Allí también como en los demás espacios, pagó lo que él consideró una deuda política con la élite que detenta el poder económico de la entidad, sin descartar a emisarios del pasado y priistas decimonónicos. A estas alturas, aunque no le rindan resultados, los sostiene empecinadamente, por la especie sostenida en esta reflexión. Con el atisbo de confianza que ya les he comentado, me di a la tarea de plantear las necesidades de la escuela bajo mi responsabilidad; se pueden catalogar en los siguientes aspectos: Rehabilitación de la Malla Perimetral, Impermeabilización de Techumbres, Reparación de la Red Eléctrica y Dotación de Equipos de Cómputo. Quiero señalar que esta Escuela, la Técnica No. 52 de Puerto Ángel, fue despojada en 1992 de su antiguo edificio donde funcionaba con servicios de internado, por Heladio Ramírez López, para “economizar” el establecimiento de lo que hoy es la UMAR. El problema es que a la Secundaria la construyeron en un área de deslaves, a merced de los sismos y huracanes. A ese respecto se ha informado, oportunamente a las autoridades municipales y del IEEPO. Con el candil de la conciencia y el compromiso, fui a pedir la intervención del titular de Planeación en el IEEPO, porque conozco desde hace años la rutina itinerante que hay que recorrer en las subdirecciones para que, al final, la solución a lo planteado sea un espacio vacío inserto en otro de la misma índole. Ni me peló, así de gráfico, me regresé del mundanal ruido y ahí debe seguir el planteamiento en espera de la siguiente cruzada o revolución industrial. Consigno esto porque, precisamente en mayo, vienen las descalificaciones y los vituperios en contra de los maestros oaxaqueños. Qué si revoltosos, qué si flojos, ignorantes y más etcéteras. Cué, si en algo nos estimara como dice, desde el principio hubiera consultado y diseñado una estrategia para favorecer la situación de la educación en Oaxaca, con políticas claras y comprometidas, de cara al pueblo que lo eligió. Ahora el nudo está hecho y se necesitan dos pares de manos para deshacerlo, más voluntad y certidumbre política. ¿O es que vamos en el mismo barco, pero remando en sentidos dispares? ¿Con un planteamiento rotundo y consistente no podríamos alejar de la entidad al fantasma ominoso de la ACE, preludio inequívoco, al desmantelamiento de nuestra preciada educación pública, ejemplar e histórica? ¿Quién lo va a esclarecer? ¿Los insolubles responsables del IEEPO? ¿La Dirigencia Seccional que bien sabe firmar anexos técnicos y galimatías? ¿Tendré que subir de nuevo a los altos de la Sierra Sur, para invocar los espíritus de Vasconcelos, Bradomín y Basilio Rojas, en la tentativa de recobrar la esperanza y rescatar la confianza que se esfuma?

30.4.12

El guajolote

“Ya tenía grande la escobilla”, ponderaba Tía Chica, mientras mi madre desmesuraba los ojos, ante la imposibilidad de pagarlo. Tampoco podía castigarme, porque la misma necesidad la orilló a dejarme en esa casa donde yo limpiaba una zahúrda y cuidaba tres gallinas y un guajolote. La patrona nos dio sólo una semana para cubrir esa deuda contraída por la desaparición del pavo; fue una semana grave, durante la que sentí llevar una losa enorme sobre las espaldas. Mi madre hablaba de pedir prestado, pero daba a razón de lo mismo, tener que pagar un adeudo al doble, aceptando que, por mi descuido, habíamos llegado a esa difícil situación. Por más que expliqué que el animal se había perdido en fin de semana, el argumento de Tía Chica de que había sucedido al inicio del lunes, deshabilito cualquier resistencia en contra de la obligación de pagar. La abuela Ignacia actuaba en silencio, sin aventurar culpas ni responsabilidades, sin criticar o juzgar. Tomó un pequeño cuadro alusivo a San Antonio, lo llevó con parsimonia a un altarcito puesto al pie de un enorme almendro y, musitando una inaudible oración, le dejó prendida una veladora recubierta de papel, de esas legendarias cuya marca es “Luz perpetua”. Regresé a mis obligaciones habituales; recoger el excremento de los cerdos, darles de comer a las gallinas, acarrear los enseres del puesto de la Tía Chica, ocupaban buena parte del día y, desde luego, en el espacio que corresponde, asistir a la escuela, la más de las veces desaliñado y sin lo indispensable para resolver trabajos y tareas. En medio de aquel trajín, me percaté con toda certeza, que mi contrición no residía sólo en el pendiente de saldar la deuda por el extravío, sino en el hecho de extrañar a un actor de lo cotidiano en mi rutina. Soñar al pavo de vuelta, le daba una pausa a mi vida comprometida con los quehaceres obligatorios de una niñez privada de otros satisfactores que no fueran contar con un lugar donde pernoctar y tener algo que llevarme a la boca, para concurrir a la escuela, convivir con amigos e instruirme en cuestiones básicas. Sobre ese tapesco de ideas y pensamientos, se fue gestando la confianza por el retorno del guajolote, al fin que su extravío no fue producto de mi indolencia o de mi descuido. Muchas cosas en mi vida obraron en pro por los buenos menesteres de mi abuela Ignacia, su perseverancia, su honestidad a toda prueba y la tremenda capacidad que tenía para significar los aspectos positivos, incluso, de hechos desventajosos. Llegó el día viernes, último en el acuerdo establecido. Transcurrió toda la mañana, el día franqueó su mitad, chorreando sudor por el bochorno intenso y avivado. Cuando la tarde mandó sus nubes a apaciguar los arrebatos del sol, mi guajolote apareció por la vereda que serpea la cuesta del Cerro de los tigres, venía completito, luciendo la escobilla y vadeando la rojez de su moco sobre el pico ganchudo. Corrí a abrazarlo, sintiendo que un gran alivio me invadía de pies a cabeza. No exagero lo dicho, pero aún en mis noches adultas, lo sueño a mi guajolote, igualito, con su plumaje empedrado, mirándome desde la vereda, diciéndome: aquí estoy, no fui a ninguna parte.

2.12.11

La oscuridad que brilla

Se dirá dentro de un siglo, aproximadamente, “Fue hace aproximadamente un siglo que unos filósofos, costeños y rústicos, empezaron a dar forma a un paradigma hasta ese entonces inédito: los supuestos teórico-pragmáticos del Poliamor”. Pero fueron de manera más puntual Colón y Noyola, los sesudos analistas que pusieron sobre los podios del debate la especie del derrumbe de dos entelequias sobadas y constreñidas por la realidad fantástica y su equivalente la fantasía real, la poligamia y la poliandria que, como esferitas de navidad, estallaron en astillas innumerables por efecto de la fuerza del poliamor. Ejemplos de inmediata interpretación son, verbigracia, cuando dos o más mecánicos reparan un mismo carro, o cuando cinco individuos participan en un encuentro deportivo, pueden ser hasta más, seis u once; un fin común resuelto por la pujanza y el pundonor de un equipo monodisciplinario. Así de simple es el poliamor, que no amerita clasificación o nomenclatura, porque es, llanamente, amor polivalente. Pasados los tiempos del amor episcopal, prescrito por la Santa Inquisición y la Sumaria del Buen Samaritano, la humanidad volvió a su pulso frecuente del amor sin inhibiciones; claro está que, en antes, ya se practicaban estos menesteres y eran siempre de dominio público, aunque los causantes negaran con obstinación tal evidencia, o se empeñaran en defender como asunto privado algo ya del dominio común (Colon y Noyola 2011). Los fundamentos del Poliamor, vinieron a acabar con el colonialismo sexual, y pusieron en boga la simetría perfecta de las relaciones interpersonales. En estos tiempos ya nadie se da golpes de pecho, nadie se ofende e, incluso, el Monoamor cabe en la esfera tolerante y flexible del concepto que es objeto de nuestro estudio. Martajadas todas las inhibiciones, lejanos ya los tiempos del tomo del Doctor Ellis, que libraba de remordimientos a aquellos con una ternera o un torete en su haber, casi disuelto en la lejanía del pasado más pasado El Kamasutra propuesto por Vasyayana, los nuevos augurios quedaron sólidamente cristalizados en la Teoría, a estas alturas ya clásica, del Poliamor. En esta época poliamorosa, todo mundo empezó a amar a todo mundo y los solios del sermón se fueron quedando vacios, los afectos humanos coparon la faz del mundo, como lo hacen ciertas plantas sobre las macetas donde las cultivan; obviamente, alguien dio cuenta del último chantre que cantó su loa postrera en un cubículo perdido, allá en la vasta estepa siberiana; imaginen entonces a toda la gente unida por un solo lazo de acendrado afecto y a los hombre, si fuera el caso, presentando a su familia diciendo “Les presento al equipo poliamoroso dónde afortunadamente estoy considerado” y así si se tratara, también, de una mujer con varios hombres como equipo. Los humanos tan dados a patrimonializar todo, incluyendo los sueños y la música, perdieron esa abyecta manía, ganado terreno la libertad de decidir el cómo y el cuanto. Siendo la celotipia la forma de depresión más frecuente y punto de partida de las demás, la industria farmacéutica perdió razón de ser, porque la era de los medicamentos ha pasado a mejor vida, toda vez que ni las aspirinas ni los antibióticos hacen falta dónde los humanos nos queremos una barbaridad. En cumplimiento a lo expresado, larga vida a Colón y Noyola, exégetas y proponentes del Poliamor. Dicho se ha.

4.8.11

Puerto Ángel en la historia (Apuntes monográficos)

La historia de Puerto Ángel es la historia de los asentamientos costeros que, desde antes de la conquista, permitían el intercambio comercial y cultural entre las naciones Mesoamericanas. Acapulco, Santa Cruz Huatulco y algunos enclaves del Soconusco, además de Puerto Ángel, fueron territorios de resguardo en las largas travesías que emprendieron nuestros antepasados indígenas, en pos de del oro, el ámbar, la plumería exótica, productos alimenticios y de herbolaria. Así se expandió la Nación Azteca que, a la llegada de los españoles, tenían el control y dominio de estas costas de la Gran Mar del Sur llamado, al final, Océano Pacífico. Testimonian la raíz de esta historia, los nombres de nuestros pueblos, los vestigios materiales visibles como corrales de piedra (fuertes), atalayas y rutas guardadas en la memoria ancestral de nuestros abuelos y, sobre todo, la impronta marcada en nuestros rasgos fisonómicos y en la lengua con que expresamos pensamientos, emociones y convicciones.
Los primeros pobladores del área costera del Distrito de Pochutla fueron zapotecas; se establecieron, hace aproximadamente dos mil años, en la ribera que va desde la bocabarra de Copalita hasta la de Colotepec, consolidando asentamientos humanos importantes en Huatulco, Puerto Ángel, Zipolite (probable centro ceremonial) y los Bajos de Tonameca. Estos primeros pobladores fueron desplazados hacia las laderas de la Sierra Sur, primero por los Nahoas y después por el fenómeno de la Conquista, que vino a acelerar la migración interna de los pueblos originarios de nuestra entidad, hacia el centro de la misma. Las guerras emancipadoras, obraron en sentido contrario; desde la Independencia hasta la Revolución Soberanista, el flujo de migrantes se verificó del Centro hacia las regiones periféricas, entre ellas la Costa.
A principios del siglo XX, se registraron reacomodos en los asentamientos costeros, confluyendo flujos de migración del Valle y la Sierra Sur, La Costa Negra y, en menor medida, del Istmo de Tehuantepec. Es discutible expresar hasta donde el mestizaje borró los sustratos de la identidad indígena y negra, si nuestro lenguaje, gastronomía, toponimia, formas de organización familiar y laboral, y en el caso de los pueblos costeños, los métodos y las artes de pesca, tienen que ver con esto, hablando de los señuelos de madera y hueso, arpones y chacalmatas y embarcaciones de poco calado. El re poblamiento de Puerto Ángel se verifico, gradualmente, a partir de esos primeros años y se consolidó en la década de los cuarenta con el auge del café y, posteriormente, en los setenta con la pesca de la tortuga y el ejercicio de una actividad turística incipiente. Tal crecimiento demográfico se sigue dando, con el establecimiento de escuelas de nivel medio superior y superior y el avance lento pero sostenido del turismo.
Hasta principios de los años veinte, con una población relativamente escasa, Puerto Ángel subsistió teniendo como actividad principal la pesca para el autoconsumo y comercio local. Se realizaba en canoas de una sola pieza construidas por los mismos pescadores con trozos descomunales de parota que, al irse desbastando, le daban la forma exterior e interior a estas embarcaciones; la propulsión era con remos, tallados en macuil, una especie de roble tropical. Los remos, regularmente eran dos, uno accionado en la popa, que a la vez cumplía las funciones de timón; el otro, montado sobre un tolete en el costado de babor, impulsado con vigor por un boga sentado de espaldas a la proa. Las líneas de pesca de fondo y superficie eran sencillas y la captura estaba constituida por huachinangos, jureles, agujones, cocineros; atrayendo a estas especies con hachones de ocote encendidos. A la vez, se practicaba el buceo cerca de las peñas, para completar la dieta a base de pescados y mariscos. Todavía por estas fechas los moradores de Puerto Ángel, combinaban la actividad de la pesca, con la siembra de maíz, calabaza y otras legumbres en las colinas circundantes, en épocas de temporal y auxiliados por coas y azadones.
La construcción de un muelle de madera en 1937 rehabilitado en 1952, y otro de concreto en 1955 reconstruido en 1997, tuvo por objeto facilitar el comercio del café, que marcó un período de bonanza en la vida de Puerto Ángel. Incentivado por inversionistas extranjeros y nacionales, el café colmó las laderas de la Sierra Sur, desde finales de los años veinte, hasta las postrimerías de los años cincuenta. Arreadas y más arreadas de mulas llenaron el muelle y hasta la playa de la zona de embarque con quintales del grano que llegó a ser llamado “oro vegetal”, por la importancia que representó en el comercio internacional, dónde Puerto Ángel jugó un papel destacado. Hasta el muelle sólo llegaban embarcaciones de mediano calado y, para abastecer las de gran calado, se utilizaban unos lanchones de madera con motor estacionario que hacían el trayecto de ida y vuelta más allá de la bocana del Puerto.
A principios de los sesenta, el comercio del café llegó a su fin. Inicia el despegue de la actividad pesquera que, gradualmente, se va consolidando con la captura y comercialización de la tortuga y el tiburón. Para estas fechas, ya se habían introducido una buena cantidad de embarcaciones del tipo “Sena” (la primera en 1965 aproximadamente) con motor fuera de borda, así se intensificó la pesca del barrilete y el atún. El uso del curricán se volvió un recurso muy característico de Puerto Ángel; nos estamos refiriendo a un accesorio de hueso, madera o metal, que funciona como señuelo para algunas especies de superficie como el dorado, la sierra, el barrilete y el atún; tiene forma de cuchara alargada en donde se fija un anzuelo de tamaño adecuado, arrastrada con una cuerda de aproximadamente diez brazas de longitud. Este tipo de pesca permitió, entre otras cosas, la elaboración abundante de dos platillos muy nuestros, el escabeche y el ceviche.
La siguiente década, los años setenta, inicia con la captura e industrialización de la tortuga y, al final, la de tiburón, con la incorporación de redes agalleras y cimbras o palangres. Para estas fechas ya se encuentra establecida en la comunidad una planta procesadora de productos pesqueros y constituidas las cooperativas de pesca ribereña “Puerto Ángel” “Reforma Portuaria” y “Coyula” entre otras. También, en 1972, se establece la Escuela Técnica Pesquera, con una oferta de servicios de internado para adolescentes de la Comunidad y de otras, incluso muy distantes. Cabe mencionar aquí, que la Cooperativa Puerto Ángel, con barcos propios y arrendados, incursionó en la pesca del camarón, para lo que tuvieron que establecer una oficina en Salina Cruz con el propósito de coordinar a los pescadores que viajaban hasta allá a desempeñarse como patrones de pesca, motoristas, cocineros y marineros.
En los siguientes años, la pesca constituyó la actividad productiva principal para los moradores de Puerto Ángel, pero se le fue sumando la de prestación de servicios turísticos, con la aparición de hoteles y restaurantes que, hay que señalarlo, sin la contribución de la actividad pesquera no podrían sostener su oferta característica de alimentos a base de pescados y mariscos. La veda de la tortuga, y la desaparición de la Planta de Productos Pesqueros, afectaron el avance sostenido que venía experimentando la producción pesquera. A partir de la década de los noventa, la falta de un Proyecto para el re lanzamiento de Puerto Ángel, como un polo de desarrollo pesquero y turístico, impactó la economía de la Localidad y propició la emigración de una cantidad considerable de sus moradores hacia los territorios de la Unión Americana. Cabe hacer mención que en los últimos años, el gobierno estatal ha propuesto un Proyecto de Desarrollo para Puerto Ángel y comunidades aledañas, pero condicionadas a los riesgos de la privatización y la expropiación, para permitir el emplazamiento de una infraestructura que garantice la operatividad de la gran inversión.
Concluimos expresando que a Puerto Ángel no se le han retribuido, los innegables servicios que, durante décadas, ha prestado a la Región de la Costa y al Estado de Oaxaca. Primero como espacio que permitió el comercio del café, y después como proveedor constante de productos pesqueros. Somos un puerto de pescadores; aquí aparte de nuestras embarcaciones, navega el corazón de una esperanza en la expectativa de un futuro mejor para nuestros hijos. Ojalá las autoridades en turno, sean sensibles a la necesidad de dotar a Puerto Ángel de un proyecto que incluya a sus moradores; no reclamamos más que la infraestructura básica para llevar una vida digna, recursos que nos procuren la conservación y el procesamiento de nuestras capturas, apoyos para la adquisición de equipos y embarcaciones, adiestramiento para el uso de tecnología que nos permita una explotación racional de los productos del mar.
Hoy nuestro Puerto nos reclama unidad; debemos anteponer el bien común a las ambiciones personales desmedidas que han utilizado el potencial político de la comunidad como vil moneda de cambio para abrirse espacios de representación, desde dónde no han podido darle impulso a una iniciativa de progreso. Estamos llamados, los pescadores, a reivindicar el papel que Puerto Ángel ha jugado en la Historia, reconociendo lo que hemos sido, lo que somos y lo que seremos, como un acto de conciencia, como un ejercicio de compromiso y voluntad.



3.8.11

¿Quo vadis Guelaguetza?

Hablo de lo que sé. Las comunidades oaxaqueñas practican, desde tiempos ancestrales, formas sociales de colaboración. Se comparten comidas, trabajo, festejos, duelos y hasta la pobreza y la bonanza. Por estos días, hemos escuchado voces que desacreditan y descalifican a La Guelaguetza, como evento representativo de los oaxaqueños; pero, a decir verdad, se nota displicencia y superficialidad en estos alegatos. Porque no aclaran si se refieren a la parafernalia en que derivó la celebración de esta fiesta en la capital del estado, o si no dan por válido el argumento que sustenta la autenticidad de nuestras tradiciones. Dice Don José Alfredo que las ciudades destruyen las costumbres, acotaría que las ciudades destruyen a los hombres. Uno, irredento campirano, aún tiene noción de los ciclos de la naturaleza y de las bondades de la convivencia humana, que nos faculta para expresar reconocimiento y solidaridad con las necesidades del prójimo. A oídos sensibles, es posible que este argumento, marque una pauta para retomar la Guelaguetza como lo que realmente debe ser, participación comunitaria sin intenciones de exhibición, intercambio de productos en un afán solidario. Estaríamos en la disposición de llevarles cocos, pescado, caña, maíz, para que nos correspondieran con mejores caminos y escuelas, hasta bailaríamos sin necesidad de aparatosas coreografías; un baile de pueblo, pues, con el Mar Azul o la banda de Álvaro Monterrubio. Respecto a la exhibición de bailes y danzas, apuntamos que son un hecho legítimo como manifestación artística; aparte, despiertan el interés de propios y extraños, que cada vez son menos extraños, por las bondades de la globalización. Nos consta el tiempo y esfuerzo que invierten maestros y danzantes en la preparación de escenografías y coreografías para tal fin. Luego, para mostrar estos trabajos, es importante abrir los foros requeridos, a nivel local, regional y estatal, incentivando la creatividad de quienes participan en ellos. Vamos bien, este año se tomó en cuenta a otras representaciones, acción que le da sentido de inclusión a la Guelaguetza del Cerro del Fortín y los maestros compartieron gratuitamente su Guelaguetza en los predios del campo deportivo del Tecnológico de Oaxaca. Ojalá esto nos permita navegar hacia la concordia y la unión como oaxaqueños, sin abandonar nuestras legítimas y propias convicciones políticas. Enseñarnos a no incurrir en la disputa estéril por la razón de cada quién y cada cual, sería también muy útil.


2.8.11

Oaxaca: Estado afroindio

Era admirable la arritmia del tío que bailaba el son de la garza. “Te chingastes canilludo”, cantaba el violín de “Sones de varita”, secundado por un guitarrista parco en la voz y en el rasgueo. La imagen del tío bailando me remitió, de inmediato, a la de mi padre haciendo lo mismo sobre la greda de Santa María del Rincón, Ejutla, estancia de afrodescendientes en el Valle de Oaxaca. Otro ingrediente a favor de esa memoria es la voz de Alejandra Robles, creciendo sobre los palios de una tarde de abril en Tututepec. En Oaxaca, así como en muchas regiones de México, nuestra educación sensible está alimentada por la música y el baile. Hablemos de las ocho regiones del estado, ninguna con historia distinta respecto a lo fundamental; sustentada, esa historia, en el aporte de los pueblos originarios sin exclusión de alguno por el matiz de su piel. Sería imprudente e injusto, soslayar el gran aporte de las tradiciones a la educación; nos ha provisto de facultades poco atendidas, por las formas de enseñanza convencionales que se intentan en las aulas de una escuela, o en los corredores húmedos y a veces sórdidos de los curatos. Educar es trascender en el que se educa, y es lo que procura nuestra sociedad comunal; las estrategias de formación funcionalista y competitiva, pretenden todo lo contrario. En esta comunidad nos han enseñado a saludar y, de manera muy responsable, a hacerlo con nuestros mayores, a pedir permiso, a no igualarnos, a compartir, a ser solidarios con las causas justas, a dar tequio, a trabajar para ganarnos el sustento. No hay un mejor medio para educarnos que este lugar que nos eligió como sus hijos predilectos. El currículo prescrito por las estructuras de poder, poco tiene que hacer ante esto, son formas de dominio repetidas desde que los zanzíbares condujeron a nuestros ancestros por el corazón de tinieblas de la esclavitud lacerante, desde que el encomendero sojuzgó el alma noble del indio mesoamericano, desde que el mundo “civilizado” nos ubicó como un proveedor ahora ya no inagotable de materia prima. Vuelvo a la imagen del Tío bailando a su gusto en la explanada de Tututepec, vuelvo a la voz caudalosa de Alejandra cobijada por el sonar añejo del fandango de varita y reparo en la certeza de que somos una comunidad que ha girado, que gira en el vórtice ya imparable de la tradición y la costumbre. No coincido bien con los que buscan el reconocimiento de las estructuras de poder, esas que nos han querido reducir al olvido por siglos; coincido, en forma plena, con la propuesta de auto reconocimiento e identificación de nuestros valores, desarrollados a pesar y en contra del infortunio y el sojuzgamiento. Dejemos que el Tío de Tututepec baile sin un plan premeditado, dejemos que Alejandra recree con su virtuosismo las coplas que igual caben en la Malagueña curreña como en los versos del Palomo. Eduquémonos en la comunidad, elaboremos un plan de resistencia, el encomendero aún sigue ahí; los zanzíbares están tramando foros para hacer visibles formas de asistencia cercanas al paliativo que antes representaban la inanición y la muerte.

Las actitudes asumidas como el menosprecio, distingos, y discriminación, no son de nuestra idiosincrasia; nos fueron impuestas para ser asimilados al régimen de conquista y subordinación; esta práctica se volvió un círculo vicioso, porque al fomentarnos la desconfianza, nos fuimos marcando diferencias por el color de la piel, de los ojos, la estatura, la lengua y la manera de hablar. Contaba un tío abuelo mío, emigrado a la zona cafetalera de Pochutla, que en Xanica, comunidad de la sierra sur, le llamaban catrín, y en Huatulco le daban el trato de yope. Optó por quedarse en Xanica, intensificar su relación con los habitantes de ese lugar, demostrar que sus expectativas no eran distintas a las de ellos, hasta lograr al fin ser aceptado y ser nombrado presidente municipal. La decisión que tomemos en relación a lo que queremos ser, no pasa por la voluntad de los que manejan el poder económico y político en la entidad. Pero son tantas las falacias que nos ha imbuido el sistema rapaz, que la tradición de nuestra comunidad se ha visto en serios riesgos; por fortuna, hay en nuestro temperamento arraigado una propensión a no perdernos del todo en la execrable conducta propuesta por el sistema a través de sus aparatos de ideologización; a saber: la escuela, las religiones, los partidos políticos y, en estos tiempos, los medios masivos de comunicación potenciados por el internet y sus milagros tecnológicos. Hasta aquí nos hemos referido de manera muy general al fomento de los valores en nuestra comunidad, partiendo de la familia desde luego; haría falta agregar la necesidad de darle su importancia, que la tiene, a nuestras formas de comunicación, considerando en un plano destacado las lenguas autóctonas, pero también el cúmulo de palabras que tienen este origen, y que saturan el idioma oficial que hablamos nominado, indistintamente, como castellano o español; o castilla como también es costumbre decirle. También hay juegos y pasatiempos muy propios de nuestra cultura, señalemos a la pelota mixteca, las carreras a campo traviesa, los papalotes, los baleros, el tejo, la rayuela y demás. Volver a la sabrosura de la comida tradicional, a nuestros cantos, seguir bailando lo que hemos bailado y seguiremos bailando, porque el ritmo de la sangre es más fuerte que el ruido producido por un programador. No hacemos aquí referencia al currículo formal, es a propósito; si la educación se forja en dos cunas entrañables, la del hogar y la de la comunidad; tendría que cambiarse el sistema político, educativo y económico para contar con un tercer espacio, apropiado a las necesidades de una educación con sentido de comunidad y dirección de humanidad. Pero es hablar de una verdadera revolución educativa, económica, política y moral; algo que nos remite a la noción de utopía, que seguiremos buscando pese a todo, en el afán de luchar por una causa común, la liberación de nuestros pueblos y el porvenir de las generaciones que esperan lo mejor de nosotros.
Educarnos en comunidad es ver claro, identificar cual ha de ser el motivo de nuestra defensa, a quién nos enfrentamos. El sistema político sustentado por un modelo económico, concatenados por una propuesta educativa a modo, lo que menos quiere es darnos la opción como base social, para plantear la forma de cómo organizar nuestras expectativas de crecimiento y desarrollo, a ellos les sigue interesando solo lo que representan las riquezas naturales donde vivimos y nuestro potencial como mano de obra barata. Para ellos es más urgente excluir la franja costera para ofertarla a las transnacionales y convertir la zona húmedas del Río Verde en un erial, que mejorar las condiciones de vida de las comunidades costeñas, dotarlas de una infraestructura mínima para dar impulso a la industria pesquera y turística; procurar que cuenten con los servicios indispensables de alumbrado, agua potable y drenaje, así como rehabilitar decorosamente los espacios educativos, cuidar su equipamiento y asistir con becas a los niños y jóvenes para que puedan seguir con su formación académica. No les interesa, los distintos niveles de gobierno no están para eso; están para retribuirse favores y sostener el status quo, favorable a los pocos y desfavorable a los muchos. Que nuestras formas tradicionales de convivencia, sirvan para alentar un cambio necesario, que evite la crispación social y su consecuente ruptura, hay voces llamando a reconsiderar las estrategias hasta ahora ineficaces, hay sobrados motivos para declarar una alerta nacional, ante el desempleo, la narcoviolencia, y la sordera incurable de nuestros gobernantes. Una sociedad inmóvil está destinada a desaparecer; una sociedad que recupere la honra, a través de la reivindicación de costumbres vigorosas en su educación, jamás se venderá al mejor postor, ni medrará en la complacencia y la resignación. Educarnos tiene que ver con eso, perseverar en eso, no dejar que ahora nos esclavicen los partidos políticos, la telebasura, las sectas del oprobio. Nuestra entidad oaxaqueña lo sabe, es cuna de espíritus ilustres, de hombres libres; la costa como parte de ella también, es un potencial para el desarrollo humano e histórico de nuestros pueblos; siempre que evitemos que nos quieran archivar en anaqueles distintos los que llegaron y se quedaron a manipularnos con la divisa de divide y vencerás. Además opino que Javier Sicilia es mi padre, mi hijo, mi hermano.



20.7.11

Réquiem para mi bóxer rojo

Representaba mi identidad, la grandeza de mi raíz alongada y profunda, la más ancestral memoria de mis antepasados que bajaron de las nubes para poblar las montañas agrestes de la región única, por hermosa, a la cual pertenezco. Como bien lo dijo el eminente sabio griego Prócoro Octaviano, en su celebrada Suma Cabalística, los primeros pobladores del mundo fueron los trilobites alsacianos, extraordinaria raza de guerreros cuneiformes, leídos en el vestigio de las piedras fanerógamas. Pero, sin lugar a dudas, la nuestra es una cultura mejor por el atavío de nuestras gallardas mujeres y la emblemática apostura de nuestros airosos hombres, ejemplificados por la intrepidez del colorante y los holanes, encajes bordados al bies de un alba de cantos inexpresables. Todo iba bien pero hoy he perdido a mi bóxer rojo, antiguamente llamado calzoncillo, al que la modernidad ha denominado de una forma más apropiada, no obstante la posibilidad de que se le confunda con un perro de no muy buena reputación, por su afición a morder cerdos sabrosos y pacíficos. Sé que no es sensato, poco he recorrido las páginas que en materia de réquiems para calzoncillos rojos debo consumir, la bibliografía es extensa y la conozco, merced a la generosidad de Xerox y Wiki, trasunto de la banalidad obvia. Vieran, cuántos flamazos resistió mi encarnada prenda interior, cuantas erecciones matinales y mordidas de lobo y arañazos de roca, la publicidad sonora del intestino mayor. Ahora, en el momento más aciago, claudicas hermano bóxer. Toma en cuenta que hay discusiones pendientes respecto a la urgente necesidad de unificar a la raza predestinada, para establecer un feudo de inmortales; sin lugar a dudas, gente bonita y bien portada, como el maíz transgénico y la energía eólica, para que no se vayan a expresar mal de nosotros, la vecindad de piel impecable y de cartera también. Oh bóxer amable y silente, cómplice discreto de mis inquietudes corpóreas, hoy que vas a morar el altillo común de la ropa vieja, recuerda esas tardes maravillosas en que degustábamos arroz con leche o lechecilla y, de paso, obteníamos la referencia más fiel de labios de esas mujeres sabias, portadoras de milenaria herencia, que sabe lo mismo bordar un lindo pescadito no salgas de aquí, que anegar de sabores especiales la degustable vastedad de nuestros banquetes rituales. Disculpa estos suspiros, tal vez vanos pero sinceros, inmortal bóxer rojo. También disculpa el que ahora me refiera a un hermoso trasero, todo cubierto de encajes; hubiera cambiado mi fortuna, que no es poca, por pasar el dorso de mi mano sobre esa mejilla espectacular, alta como la popa de una carabela, vasta como la esfera de un planetario. Mi cabeza empieza a girar cuando evoco la experiencia de imaginar esos glúteos ostentosos que, algún día borrascoso, los gusanos reducirán a briznas de carne putrefacta; después a gleba; después a nada. Si los vaivenes impredecibles del destino hubieran dictado su posesión a mi favor, ese culo hubiera terminado en poesía, facturada con la voz de mis densidades nerudianas, o con el barniz de mis ojos rojeños. Pero, nada hermano bóxer, fui expulsado del paraíso por los dioses mediocres de la suficiencia, y ahora vivo desterrado en la patria de los parias, los que no alimentan su sed con el agua de la felicidad discreta y la pasión bien organizada. En fin, como no tengo nación ni gallardete que me identifique, hoy claudico de las heráldicas y los atributos nobiliarios, máxime que, al desprenderme de ti, he perdido la última oportunidad de reivindicar mi prosapia y mi pertenencia a una raza de venas impecables y corazón inmaculado.


25.6.11

Pochutla (Luis Martínez Hinojosa)

Me invitaron a Pochutla para conocer sus flores
Dicen que son muy hermosas y que roban corazones
Para llegar a Pochutla tuve que besar el cielo
Recorrer altas montañas entre nubes y cafetos
Cuando llegué a las montañas vi a San Pedro caminar
Iba con rumbo a Pochutla y yo le seguí su andar
Y me dijo el santo padre ¿a dónde vas peregrino?
Voy a buscar una flor para llevármela al Istmo
En Pochutla no se muere porque ahí es la eternidad
Cuando una flor se marchita San Pedro la va a regar
Ay larararai ay lararararai Ay larararai Ay lararararai

Cuando llegué a Pochutla sentí la brisa del mar
Que venía de aquel puerto que tiene un ángel guardián
Y la flor que yo buscaba no la pude ya encontrar
Se murió por esperarme en el triste cafetal
Cuando volví a las montañas ya San Pedro regresaba
Con la flor muerta en sus manos los cafetos se inclinaban
Y me dijo el santo padre ¿te regresas peregrino?
Voy al istmo pero vuelvo a mi Pochutla querido
Y Pochutla no se muere porque ahí es la eternidad
Cuando una flor se marchita San Pedro la va a regar
Ay larararai ay lararararai ay larararai ay lararararai.


30.5.11

Los años de Fresno

La mañana me sorprendió medio cubierto por pliegos de papel periódico, sobre una banca del jardín de la Escuela Normal Superior. Emprendí el trabajo de improvisar unas botas del mismo material para librar el frío húmedo y punzante de la Ciudad de México; librarlo ahí en los pies dónde, a poco, sientes que se te congela el alma. Ese día tuve ganas de largarme, pensando en que no tenía ningún sentido estar arriesgando mi seguridad física por una causa que se me presentaba todavía borrosa. Llegué a la reunión de consejo, solo para aturdirme con las consignas foráneas que hablaban de El Salvador y Nicaragua, mientras José de Molina cerraba el acto con su guitarra rupestre y su voz no muy agradable. Marchas, bloqueos, plantones, para demandar la abrogación del Acuerdo que decretaba la desaparición de los Cursos de Verano, donde se estaba gestando el movimiento político de la década de los ochentas, con el SME, el Sindicato del Metro y el SUTIN entre otros. Pero lo que más le preocupaba al gobierno en turno y a los charros del SNTE, era el crecimiento de la disidencia al interior del gremio magisterial. Les preocupaba Oaxaca, la Sección XX, que un año antes había logrado integrar su primer Comité Ejecutivo, democráticamente, con la participación de un movimiento en ciernes, pero claro en sus propósitos, sólido en sus convicciones.

Permanecí en la Ciudad de México y en La Normal Superior, con la esperanza de que nuestros cursos fueran reconocidos, así pasó con muchos, me pude percatar. En ese lapso, el gobierno nos mandó desalojar del cruce de Insurgentes y Reforma, donde habíamos instalado un plantón para tomar las clases correspondientes a la jornada de ese día. El desalojo fue infame, cruel, sanguinario, fríamente planeado, puntualmente ejecutado. La mano dolosa del represor se dejó sentir en la frágil humanidad de las compañeras, con más saña, y muchos compañeros corrían descalabrados y ensangrentados, buscando la protección de algún pórtico o de alguna vivienda. Después del mediodía nos reconcentramos en Fresno, domicilio de la Escuela; los corredores del edificio no se daban a abasto para albergar a tantos compañeros heridos, descalabrados, golpeados. Estuvimos ahí el resto de la tarde, y sólo abandonamos el edificio para abastecernos con agua y alimentos, atrincherándonos de forma indefinida en la Institución. En el contorno había un cerco de granaderos, listos para entrar en acción cuando así se les indicara. Mantuvimos la guardia esa primera noche, un aire de compañerismo se respiraba sobre aquella atmósfera de tensión y miedo justificados. Lo empezamos a entender: hay un orden establecido que no se puede romper, salvo riesgo de enfrentar la dureza de su brazo disuasivo: la represión abierta. Otra lección: era justo defender un derecho a explorar otras formas de educarnos, fuera de lo prescrito, en consonancia con las expectativas de una sociedad en busca de la substancia que hiciera germinar el árbol de la democracia, cuyos frutos son, pensábamos, la igualdad, la justicia y el derecho. El 22 de julio de 1983, nos vimos todos juntos, de mi grupo solo faltaba un compañero que se reincorporó días más tarde, la fuga lo llevó hasta las afuera de la ciudad, al domicilio de unos familiares, nos dijo. Remarco el hecho de volver a estar juntos porque no estaba tan seguro de la definición y convicción de algunos (incluyendo la mía) ya que, en días anteriores, externaron desacuerdos con el movimiento, entre ellos la esposa de un funcionario de la SEP y otros compañeros venidos de estados del norte. Pero esa vez, unidos al contingente general, marchábamos todos coreando consignas directas y subidas de tono. Me atreví a inquirir a la compañera mencionada sobre su última decisión, y me respondió categórica que todos, algún día, tenemos que decidir y definir lo más importante, que la represión le pareció lo suficientemente injusta, como para quedarse cruzada de brazos, sin expresar su malestar por tal ofensa. Y nos seguimos de largo. Brigadeos, volanteos, marchas, fueron la praxis de una experiencia formativa, al margen de las prescripciones curriculares.

Era de Puebla, lo recuerdo, de mediana estatura, pelo corto y sonrisa magra; pero sonreía con el corazón cuando hablaba en el metro, en los parques o en los mercados. De esa brigada uno volanteaba, otro boteaba y ella tenía el encargo de hablar. Al hablar convencía, sus planteamientos tenían la cualidad del agua y del cielo sin borrasca: hablaba de un acto de conciencia, se refería a la necesidad de fortalecer un movimiento político que inclinara la balanza un poquito, al menos, a favor del pueblo; les decía que el maestro no enseña solo en el aula, repitiendo enunciados y fórmulas sobre un pizarrón, sino que debe combinar la acción política con la instrucción, la demanda de los derechos civiles con la cátedra. Yo aprendía escuchando y repartiendo volantes; el otro, acopiando monedas para la causa. La temporada de ese curso pasó y me regresé a Oaxaca sin el reconocimiento oficial correspondiente, pero traía una inquietud muy grande, sembrada en algún lugar de mi conciencia.

Entre huelga de hambre y caminata en el ochenta y cinco, para exigir la realización de un Segundo Congreso Democrático, opté por lo segundo. Mi barbarie digestiva fue sumamente persuasiva. Los recuerdos de ese tiempo empiezan a tomar vuelo en la subida de La Carbonera; la caminata política, como la deportiva, tienen su propio entrenamiento y, sin duda, había poca experiencia en esas lides de la caminada. Cincuenta kilómetros para llegar desde la comunidad de La Carbonera hasta la planicie donde se enfila el tramo de carretera para arribar a Nochixtlán. Almuerzo comunitario, aliento y solidaridad de los habitantes de esa pequeña población, bendiciones. Empezamos muy temprano, a la hora en que comienzan a sonar los engranes de la molienda, y el monte a despertar su músculo y osamenta de pájaro e insecto. Después del receso la emprendimos sin pausa, para arribar a la explanada antes dicha, a propósito de comer y reposar la comida casi al llegar a la meta. Pero hubieron los que se sentaron luego o llegando y a yantar; los primeros empezaron a sufrir los tirones dolorosos del calambre y, los segundos, a devolver la comida sobre la tierra y el pasto. La compañía de un amigo experto en ambulantajes campiranos, evitó que a mí me pasara lo mismo; lo vi, desesperado, conminando a los demás a que se relajaran y enfriaran para después sentarse a comer; pero el cansancio y el hambre son personajes muy necios.

En esa primera etapa, llegamos hasta Tamazulapan, en tierras de la Mixteca Oaxaqueña. Ahí, en la explanada de La Escuela Normal que funciona como internado para mujeres, Noriega y Villalana, llegaron a participarnos que había avances en el otorgamiento de la convocatoria a nuestro Congreso Seccional, razón por la cual nosotros caminábamos y otros compañeros se abstenían de comer en el Zócalo de la Ciudad de Oaxaca. Una convocatoria y un Congreso eran el motivo de nuestra esforzada movilización. Pero desde entonces algunos líderes no se han mantenido a la altura de las bases en lucha, y le apuestan a sus conveniencias personales y de grupo. Recesamos la movilización, se levantó la huelga de hambre histórica e impactante para, en ese inter, evitar que la Comisión Política encabezada por Noriega, entregara el movimiento a los charros del Sindicato Nacional. La postura de la Asamblea Estatal, como representación de base, fue un no rotundo a la integración de Vanguardia (el grupo charril) y Congreso Seccional Democrático, ante la estupefacción y coraje de algunos de los principales dirigentes, por no decir que todos, a excepción de Patricio Hernández, Fernando Soberanis, Modesta Antonio y Roel Salinas. La asamblea estatal es como un ente con vida propia, que se debate en fiera lucha en contra de los villanos que traicionan sus principios y traicionan a quienes les delegaron la responsabilidad de dirigir un movimiento de militantes muy conscientes de su obligación con definiciones y posiciones en consecuencia. El caudal de esa asamblea fue y sigue siendo apabullante, tiene vértebras, articulaciones, nomenclatura e historia; para nosotros está muy claro que quien traiciona al movimiento, se hunde irremisiblemente en el mar del menosprecio y la muerte política; pero también hay quienes terminan como esquiroles del gobierno, o como viles indiciadores de la gente definida y comprometida. No pasó el acuerdo de integración y se fortaleció el movimiento en esa etapa de consolidación y temple. Noriega y sus corifeos quisieron renunciar, pero el movimiento dijo no, y ahí permanecieron cuatro años más como un mal necesario.

En el ochenta y seis, aplicando la lógica más elemental, decidí reanudar la marcha a México, junto con otros compañeros, y seguir demandando la convocatoria para la realización de nuestro congreso democrático. En todos los lugares por donde la marcha pasó, fuimos objeto de reconocimiento y aliento, incluso ya en territorios de la Mixteca poblana. Dos son las jornadas que para mí tuvieron una importancia decisiva: el recorrido de Tehuitzingo a Izúcar de Matamoros, y la noche en que pernoctamos bajo una fría galera en Río Frío. Íbamos en ese grupo de marchistas, bien lo recuerdo, Martín y Marcelito entre otros, menudos y esforzados militantes del movimiento. Martín no tenía problema alguno con la caminata porque, para arribar a su Comunidad, hacía por lo menos doce o catorce horas, y era su rutina de fin de semana viajar hasta dónde lo dejara la camioneta y de ahí emprenderla a pie sin más alternativa. Tal era su condición que lo vi llegar, por ejemplo, a Texmelucan y todavía participar en un encuentro de basquetbol. No así con Marcelo, hombre empecinado y valeroso, pero de escasa condición física. Cómo responsable del grupo me le acerqué, en la recta interminable flanqueada por cañaverales que se encuentra ya casi llegando a Izúcar, para proponerle que tomara un receso y abordara una de las camionetas que iban levantando a los compañeros aniquilados por el cansancio. Muy bien me acuerdo de su negativa categórica para hacerlo y de su convencimiento férreo por llegar al destino arrastrando los pies. Río Frío fue una prueba de fuego al revés. Ya faltando tres días para llegar a la Ciudad de México, pernoctamos ahí; es un lugar fantástico durante el día, pero las noches son inclementes, terriblemente frías. Conforme iba avanzando el tiempo, la temperatura bajaba sin contemplaciones, diez grados bajo cero tal vez sea decir poco, y nosotros escasamente abrigados con sacos de dormir y cobertores. La pasamos mal, al filo de la madrugada se escuchaban quejidos y lamentos, estertores de dolor por los calambres, respiraciones atormentadas por el frío. Como por instinto, me arrellané en mi saco de dormir sintiendo al corazón en una carrera desenfrenada, casi a punto de romperme el pecho y rodar por el piso como piedra. Cerré los ojos y me encomendé a la fe de mi madre, pensando en la familia esperando allá en un lugar de la Costa Oaxaqueña. Por fortuna, sobrevivimos a aquella dura experiencia y, al siguiente día, buscamos el consuelo de un frugal té de canela, para lo cual tuvimos que calentar con rajas de ocote las llaves del agua en procura del líquido necesario.

Los años ochenta fueron de consolidación y defensa del Movimiento Magisterial Oaxaqueño. La cobertura de medios al servicio de la estructura gubernamental, el rejuego por intereses de los grupos al interior, la corrupción y entreguismo de algunos dirigentes, constituyeron factores de riesgo en su vida, hasta entonces de una década. Los charros del SNTE montaron sus eventos espurios para articular una dirección paralela a la legítimamente reconocida por las bases. Les peleamos palmo a palmo, escuela por escuela, zona por zona, los territorios de nuestra vocación militante. Lamentamos la muerte de muchos compañeros en esa década, la desaparición de otros y la persecución y hostigamiento de quienes nunca dieron su brazo a torcer. La resistencia no fue fácil, fue necesario un ejercicio obstinado de estrategia política que, no pocas veces, incluyó acciones de riesgo en la toma y recuperación de centros escolares. Aunque los charros de Vanguardia nunca representaron una fuerza contundente, tuvieron siempre el respaldo del Comité Nacional y de los gobiernos priistas de la Entidad. Su táctica siempre fue, ofrecer prebendas para cooptar a quienes no asimilaron la prospectiva de una lucha con fundamento social. Por esa razón, en nuestro Centro de Trabajo, una escuela enclavada en el área este de la Costa Oaxaqueña, tuvimos que cerrarles el paso. A pesar de los años, los recuerdos aún se presentan como un fresco en la conciencia que persevera; con nuestros propios recursos, sin la asistencia de ningún miembro de la dirección política formal, le marcamos el alto al director en turno quién, descaradamente nos dijo que a él solo le interesaba su seguridad económica y que su futuro estaba fincado en las expectativas de que al Movimiento Democrático, por ser una batahola de inconformes y agitadores, el gobierno y los charros lo iban a poner en su lugar. Se empezaron a ver gentes extrañas por los contornos y, antes de que dieran el golpe definitivo para tomarse la escuela como una posición para ellos, apresuramos la iniciativa de atrincherarnos con este personaje retenido en el edificio administrativo, en espera de la llegada del Supervisor de la Zona y el secretario general de la delegación más grande de nuestro nivel habilitado, por nosotros mismos, como representante regional. La encerrona duró alrededor de veinticuatro horas; se especulaba que los charros iban a llegar para recuperar la escuela, con el respaldo de sus aliados al interior, pero como en todo ese tiempo no llegó nadie, Toño Jaimes, añorado amigo y maestro, logró persuadir al director para que renunciara a su comisión y, a la postre, restablecimos normalmente los servicios educativos en la institución. En muchos lugares del estado pasó lo mismo, con la agravante de que, en algunos, se tuvieron que lamentar pérdidas humanas, de maestros y en algunos casos de padres de familia o ciudadanos solidarios. Por estos lares, se pasea todavía la deleznable memoria de Arizmendi, esbirro, testaferro y ejecutor de crímenes de odio.

La clase media deprimida todo lo ve mal, les aterra perder más de lo que han perdido con la debacle económica del país que, en la década de los ochentas, llegó a picos aterradores; con el engaño atroz de haber escondido una devaluación al mil por ciento quitándole tres ceros al billete que luego nos hicieron pasar como de a peso; por eso siempre se les antojará exagerada nuestra demanda de mejora económica, desfasada la de democracia sindical y fuera de lugar el planteamiento de una propuesta alternativa de educación que detone expectativas de crecimiento equitativo para la sociedad oaxaqueña. La tiene opresa un funcionalismo bizarro desde el que ven la pérdida de un día de clases como si fuera la caída de Constantinopla y explotan, con rabia, ese cariz de responsabilidad donde aparecemos como transgresores irremediables. Tienen acceso a la mass media como operadores contumaces, desde ahí dirigen sus ataques propagandísticos, humillándose como detractores de lo que ignoran y lo que odian. Porque, incluso, su noción de la ignorancia está subordinada cruelmente al paradigma, y añoran un mundo de confort, lejos de lo que ellos consideran inmundicia. Se vuelcan en contra de la sociedad, la ofenden recriminándole apatía respecto a los hechos injustificables que representan las movilizaciones de algún sector, en su limitada y complaciente visión de las cosas; por eso terminan dándose golpes de pecho exhortándose ellos mismos en su apatía y conformismo. El sueño dorado de estos suspicaces merolicos es que, un día, a todos los maestros de la veintidós nos manden a la fregada para sustituirnos por extraterrestres o seres subacuáticos; pero, aunque les resulte difícil aceptarlo, los maestros seguimos estando en los espacios de la Comunidad, interaccionando con ella en las buenas y en las malas, ahí nos verán respaldando los centros de acopio en las situaciones de emergencia, apadrinando ahijados en las fiestas religiosas, cumpliendo encargos en las representaciones municipales y de bienes comunales, porque somos parte de esa prole, como hijos de campesinos, albañiles, pescadores, marchantas, estibadores, que, orgullosamente, nunca dejaremos de ser. En esa geometría de aceptaciones y descalificaciones, nos encontró el ochenta y nueve haciendo esfuerzo común con otros contingentes del país, demandando de nuevo la realización de nuestro segundo congreso democrático y un aumento salarial de sobra justificado. Este año, el último de la década de los ochentas, fue el año del repunte de la Coordinadora Nacional de los Trabajadores de la Educación; la circunstancia política nos permitió romper el tope salarial, consiguiendo un aumento del treinta por ciento, y la obtención de convocatorias para realizar congresos seccionales en la Novena, Dieciocho y Veintidós, me refiero a secciones sindicales del Distrito Federal (Primarias), Michoacán y Oaxaca, respectivamente. El gobierno de Salinas de Gortari aprovecho la coyuntura para destronar al cacique sindical Jonguitud Barrios, que desde principios de los setentas y con métodos nada aceptables controló al Sindicato Nacional de maestros. Lo negro del asunto es que entronizó a Elba Esther Gordillo Morales.

Los contingentes coparon una buena parte del centro histórico desde las cercanías de la Lagunilla, hasta donde termina la plancha del Zócalo con sus calles aledañas. Los más grandes representaban a Michoacán, al Distrito Federal, Chiapas y Oaxaca; los medianos, a Guerrero, Tlaxcala, Zacatecas y Morelos; los pequeños, a Hidalgo, El Estado de México, Veracruz y Puebla, entre otros. Mi atención se centró en el contingente de Puebla, acampado en un solo módulo de lona. Había olvidado su nombre pero, hasta la fecha, tengo una noción imperfecta de sus rasgos físicos. Los grupos de maestros de esa entidad, se rotaban periódicamente, esas eran sus condiciones muy particulares; por eso yo iba casi a diario a preguntar por una referencia o a indagar en los semblantes de las compañeras algún indicio de su presencia, quizá fortuita, en esa movilización trascendental. Me movían el afecto,la gratitud y el recuerdo compartido en aquellos días de Fresno, cuando defendimos un proyecto para nosotros justo y necesario. Pero no llegó, o habrá llegado en días que por alguna razón me tuve que ausentar para unirme a las brigadas que integrábamos para recolectar víveres e informar acerca de la Jornada de Lucha. No persistí más en mi intento y volví a echarme a la espalda aquel recuerdo que para mí siempre ha sido un guión de esperanza, en momentos de flaqueza o de confusión.

El logro principal de la Jornada del ochenta y nueve fue la conformación de nuestra dirección seccional con la modalidad de Comisión Ejecutiva, en tanto Elba Esther alentaba la posibilidad de que el movimiento vanguardista en Oaxaca, con su llegad al poder, levantara el vuelo. Pero una vez más teníamos dirección formal producto de un proceso democrático, y los charros de vanguardia se frustraron en el intento de recuperarse para disputarnos el poder. Otra vez con la complicidad del gobierno estatal priista, buscaron de mil maneras desgastarnos y dispersarnos; tuvieron que experimentar en carne viva lo inútil que es montar una comparsa que muy pronto se les cayó, cuando secuestraron a Aristarco Aquino y se lo llevaron caminando descalzo por la ruta de Ixcotel para que legitimara sus negociaciones con las autoridades educativas del estado. La respuesta de la veintidós fue contundente; Aristarco está vez fue rescatado por un grupo de compañeros aguerridos; no así de las mañas de Elba Esther que lo hizo flaquear, razón por la que, en el último año de su ejercicio, nos regresamos de la ciudad de México apaleados, desgastados y sin sueldos. Aquí en La Costa fueron semanas de comer solo barrilete asado con arroz de morisqueta, mientras nos devolvían, en pagos decenales, los descuentos que se atrevieron a aplicarnos, ya lo dije, por el debilitamiento de la dirección política y por los sueños guajiros de su cabeza principal.

No inventen, los maestros de la veintidós no cebamos con el odio ajeno a nuestros detractores. Critíquennos, con dureza, pero propongan alternativas factibles para este país que se hunde irremisiblemente en el torbellino de otros males mayores. Eduquen a sus hijos y a sus hermanos con amor, no con la flema amarga del resentimiento. Ahí se educa uno, en la casa; ¿no bien cita Benedetti a Brecht en uno de sus poemas “Me parezco al que llevaba el ladrillo consigo
para mostrar al mundo cómo era su casa.”? Ladrillos se ha dicho, o adobes, o varas si es casa de jaulilla, pero un ladrillo sólido, capaz de resistir como refuerzo en la torre de babel. Por eso, hermanos, escriban con las neuronas haciendo buen equilibrio, nunca con el colon transverso; luego brinca el texto como jurel ganteado cuando lo mueve el apremio de una discordia o la densa agrura de una venganza. Ustedes que escriben, seguramente, leen, y leen mucho, hasta que los agota el cansancio por la lectura; han leído desde niños a la luz de una vela, de un quinqué, o hasta acompañados por la luz precaria de un mechero a queroseno. Nils Holguersson, Tremal Naik, Hatteras, Ismael, Hawkins, Guy, y tantos personajes ya sin nombres pero magnificados por la impronta de la añoranza, habrán llenado sus horas de azoro, en espera del padre que partió muy lejos, velando con la madre el paso de la mala hora, cuando un carretón viejo casca la gravilla del camino real y un jinete decapitado se va por la vereda de los almendros con rumbo a las alturas de los sueños pesarosos ¿O me equivoco? ¿Verdad que no? Luego vinieron, en orden poco ordenado, Herman Hesse, Golding, Boll, Albert Camus, Emilio Zolá, León Tolstoi, Machado de Assís, Flaubert, Güiraldes, Isaacs, Gallegos, Gamboa, Azuela, Yañez, y decenas más. Los contemporáneos ¿Hay que citarlos? No me reproche amigo gramático, no me refiero al grupo de poetas con esa designación, me estoy refiriendo a los narradores contemporáneos; qué fácil, se desgrana esa magnífica mazorca que empieza con Kafka y Faulkner y termina con Fuentes y Sábato ¿les gusta? Si no formen otras parejas: Borges y Mallea, Onetti y Vargas Llosa, Cortázar y Redoble por Rancas ¿Me disculpan la metonimia tan torpe? En fin, que en esa materia ustedes son los más duchos, por su formación tan consistente y sus méritos reconocidos. Que les puede decir alguien, que para concluir la primaria limpió zahúrdas y baldeó volteos de un amable permisionario a quién le decía padrino, y no lo cuenta aquí para desahogar una pena, sino para decir que fueron los tiempos más hermosos que vivió en Tehuantepec, oliendo flores de índole diversa. Después a cambiar de atmósfera; de no ser por el internado de Puerto Ángel, donde le daban de comer y de dormir, este servidor de ustedes, solo hubiera ostentado en la vida un título de primaria, y en santas paces; pero acá no únicamente le ofrecieron de comer y de dormir, si no que hasta una biblioteca casi para él solito, donde conoció al Márquez de Santillana, Arcipreste de Hita, Gil Vicente, Jaime Gil de Biedma, José Hierro, García Lorca, Miguel Hernández y Pablo Neruda; esto hay que destacarlo porqué con Pablo Neruda conoció el mar que ya lo había visto, pero no lo conocía. Entonces ustedes saben que hacer dilectos detractores, hay que llenar nuestras casas de libros, llenarlas hasta que estos se salgan volando por la ventana; esa fue mi justificación cuando las tejas de la mía me preguntaron para que quería yo más libros, si con los que había era más que suficiente; a ustedes les va a funcionar mejor, por sus asignaturas de maestría, a ustedes les van a creer más que a mí.

La década de los noventa fue de estabilidad y logros. Inició en el noventa y dos con Erangelio Mendoza como Secretario General Seccional; como lo señala en una entrevista, con él tuvimos que enfrentar el Acuerdo Nacional para la Modernización de la Educación, la descentralización educativa, la creación del IEEPO, la instauración de la carrera magisterial y la creación de organizaciones para destruir al movimiento y, al interior, los posicionamientos rampantes de los grupos y tendencias políticas, así como la corrupción. Pero salimos avante con la guía de diecinueve Principios Rectores, cincelados, a principios de los ochenta, sobre la roca de un ideario infalible y vigente. En el último año del ejercicio de Erangelio, el gobierno de Diódoro Carrasco coordinado con el municipal de Huatulco, encabezado por José Humberto Cruz, perpetraron, en contra nuestra, una represión salvaje e injustificada; la demanda central era rezonificación por vida cara e involucraba a todos los sindicatos aglutinados en la FSTSE. La intención, como medida de presión, siempre fue sólo manifestarnos frente al Aeropuerto localizado en el paraje denominado EL Zapote. Las autoridades locales, municipales y de bienes comunales, distorsionaron la información, hablando de un bloqueo indefinido, y de la toma de tierras para la construcción de una unidad habitacional del magisterio. Desde muy temprano, estuvieron embriagando a las personas que convocaron para contrarrestar la actividad, priistas en su mayoría y, casi al filo del mediodía, empezó primero el forcejeo y después el ataque con armas de fuego por parte de ellos. A los compañeros que buscaron refugio en las casas de ese asentamiento en ciernes, los fueron a sacar a palos y a tundirlos con golpes hasta hacerlos sangrar. No tuvieron consideración ni siquiera con las mujeres, a quienes arrastraban de los pelos y expulsaban a patadas y empujones del lugar. Aquí dejo esa nada grata remembranza.

La demanda de rezonificación se retomó y generalizó para todo el estado ya en el período de Luis Fernando Canseco; fue, junto con las de carácter social y político, el eje de un pliego petitorio presentado a nivel estatal y federal. Aquí la indefinición legal de la descentralización educativa funcionó como estrategia para que en ambos niveles de gobierno se echaran la pelotita. En esa circunstancia, fue indispensable compaginar movilizaciones en los dos ámbitos; para verificar que las asignaciones presupuestales por aumento salarial y las ordinarias, no fueran desviadas o desgastadas en otros rubros, como siempre se han hecho en Oaxaca, para fines ajenos al ámbito educativo, abandonado siempre, discriminado y vilipendiado por nuestro gobernantes. En un intento por frenar la corrupción al interior de nuestro gremio, el segundo Pre-pleno Democrático, acordó la incorporación del principio de revocabilidad o principio veinte, a los ya estructurados; habiéndose aplicado, en lo inmediato, a una representante a quien se le comprobó corrupción por venta de plazas. Este recurso es, porque no decirlo, un arma de dos filos, ya que también han recurrido a él los grupos políticos para saldarse cuentas y cobrarse facturas.

Nada es perfecto, exclamó el zorro cuando supo que, en el planeta del principito, no había cazadores, pero tampoco gallinas. No les puedo presumir de un movimiento perfecto, imposible; hay tasaciones, cobros de factura, imposiciones, liderazgos anacrónicos, prebendas, autoritarismo. No estoy levantando la tapa del baúl de Pandora; es la naturaleza de cualquier proyecto político, en cualquier parte del mundo y, el nuestro, no es la excepción. Pero hay, en el ánimo de muchos, la disposición para mejorar y mejorarlo; es el propósito, no podemos dejar que una historia escrita con el esfuerzo de los que ofrendaron su seguridad física, su vida, sus esperanzas, sea anquilosada por la acción deleznable de quienes no han sabido estar a la altura de la grandeza de nuestra causa común. Humberto Alcalá entró al relevo en el noventa y ocho; impetuoso, contundente, guío con tino al movimiento durante la primera etapa de su gestión; pero al término, engolosinado con el poder, se mantuvo haciendo gestiones paralelas, una vez que Enrique Rueda relevó a Alejandro Leal (la gestión más gris de todas) en el dos mil cuatro; su disputa, franqueado por Joaquín Echeverría y Miguel Silva, evidentemente, nunca tuvo por objeto corregir, al interior, las responsabilidades por corrupción que ya se le imputaban a Rueda y parte de su representación política. En resumidas cuentas, los dos oriundos de Laollaga, no pudieron resistirse al canto de las sirenas y se precipitaron en la debacle que trajo como consecuencia los hechos lamentables del dos mil seis. El debilitamiento de nuestra representación legítima, la concurrencia de la otra espuria, y la pugna electoral, fueron los factores que alimentaron las condiciones para que estallara la represión más sangrienta jamás habida en nuestro estado, imputable, no quepa duda, al tristemente célebre Ulises Ruiz y a sus colaboradores más cercanos. ¿La memoria de nuestra veintena de muertos a cambio de dos senadurías y diez diputaciones federales? Oaxaca derrotó al PRI, pero no ofertó, como ruin moneda de cambio, esta memoria. La pugna electoral y el reparto de espacios de poder obedecen a otra lógica, a las maquinaciones de una estructura económica casi invariable, arraigada en las prácticas aborrecibles que nos remiten a un pasado no tan próximo. El cacicazgo, las imposiciones, las disputas palaciegas son el motivo constante de lo antes expresado. En Oaxaca los pobres votamos para que los ricos nos chinguen y la plaga intelectualoide vocifere el reclamo de su ciudad aséptica, como espacio sólo para ellos, para las carnestolendas de sus desviaciones.

“No te muevas, dejemos hablar al viento, eso es el paraíso”. En la segunda parte de “Dejemos hablar al viento” novela imprescindible del uruguayo Juan Carlos Onetti, Santa María, equiparable a Comala en nuestra geografía literaria, cruza lo que pudiera ser El Río de la Plata, huyendo de sus miserias, calamidades y corrupciones. Esta ciudad amarilla y mohosa, considera posible, por la magia del traslado, desprenderse de sus personajes más perversos, entre los que destaca Medina el casi médico cínico y Larsen el proxeneta; pero reaparecen en Lavanda, que así se llama la nueva ciudad, potenciados por la aberración de sus irremediables taras. Larsen, sobrevive limpiándose sus gusanos de cadáver con un pañuelo. Aquí la antítesis caracterizada por el narrador: “La tentación de ser Dios, cuando es genuina, prefiere visitar a los muy pobres, a los desesperanzados, a los que no cayeron en la trampa de un destino ordenado”. Onetti y Rulfo no son nada complacientes, no es cambiándose de lugar como las cosas se corrigen y el poder es efímero. No podemos llevar nuestra vida a otra parte, la sociedad oaxaqueña tiene que darse la oportunidad de poder reencaminar su destino; pero no con la bajeza de campañas de odio, no con la flema del resentimiento rebotando en el pecho. Los oaxaqueños no queremos una vida cómoda, queremos una vida digna, sin élites de soberbia, donde nos podamos ver de igual a igual, sin discriminarnos por las apariencias, por el origen. Oaxaca es una entidad afroindia, donde la migración interna nos puso muy cerca uno del otro; sin exagerar, es muy probable que todos seamos parientes, o por lo menos compadres, o por lo menos vecinos. Echar por tierra las diferencias que nos alejan y construirle un túmulo a nuestras afinidades, para velar ahí por nuestros seres entrañables, es lo que urge: los que ya partieron y los que conviven con nosotros; padres, hijos, hermanos, alumnos, maestros, todos los somos.

Ah, esos días de Fresno, a la sombra de Arqueles Vela y Ermilo Abreu, inolvidables. Esos días de Fresno y de recorrer las calles de una ciudad babilónica, de encontrarme con un espíritu que ya jamás me abandonó para bien o para mal. De hacer amistades perdurables, aunque sólo en la memoria, de robarle al frío un hálito de tibieza y amar a una mujer incomparable en su valor. El “Retrato” de Patricio Manns me la recuerda con mucha frecuencia: “De amplia miel era su/corazón en agraz/y su boca locuaz/ como un viento fluvial/”. Días de instrucción en el aula, en el corredor y en la calle. Son las cinco de la tarde y todavía no se instala la asamblea, a este paso nos va a amanecer. Hay treinta oradores anotados, compañeros, con este número cerramos, e iniciamos la ronda. En esa comunidad, compañero, se comen las chicharras o cigarras como dicen que es correcto; no, no puedes permanecer ajeno al sufrimiento de esa gente, los niños llegan a la escuela descalzos, con la misma ropa todos los días; en realidad las chicharras no tienen mal sabor y los moradores de Peras festejan con alegría la temporada en que abarrotan los árboles del monte circundante; todo el año comiendo tortillas con chile; las chicharras son un manjar. Compañeros, vamos con el orador número quince, les pedimos que sean concretos y que hagan propuestas, compañeros. Salgo cada fin de semana a Miahuatlán, amigo, la comunidad donde trabajamos está más allá de Xanica, como a doce horas a pie, pero no hay más alternativa, mi hijo pequeño tiene intolerancia a la leche, y tengo que salir a conseguirle polvo de soya, mi mujer va para el año que no sale, ella es del Istmo y yo de la Mixteca. Una moción de orden compañeros, es importante que en su participación nos hagan saber sus propuestas, tenemos que avanzar, es importante, los compañeros esperan resultados, no están por su gusto plantados en el zócalo, actuemos con responsabilidad. Si mi padre regresa, lo voy a matar profe, hace muchos años nos abandonó y ahora, como si nada, quiere regresar, a mi me da mucho coraje porque mi mamá lo consiente, como si fuera poco el daño que nos hizo. Dióscoro: Compañeros, si Misael Núñez Acosta resucitara en este momento, se volvería a morir de pura vergüenza al ver nuestra irresponsabilidad, esta pugna sin sentido en que hemos caído por intereses mezquinos, los compañeros viajaron desde sus comunidades a cientos de kilómetros de aquí, pensando en que nosotros, a partir de un ejercicio responsable de crítica y autocrítica, ya hayamos resuelto esta problemática, arribando a acuerdos y nombrando, responsablemente, a nuestra nueva representación seccional. Compañeros, con el orador número treinta cerramos la ronda, al final los secretarios presentarán un resumen y, si hubiera necesidad, abriríamos otra, solo para precisiones y agregados. Son seis cadáveres, el camión rodó por toda la cuesta de Nochixtlán y fue a azotarse en un barranco, son de La Costa, de educación indígena, la maestra murió con ese abrazo porque protegió a su bebé, la niña sobrevivió, está custodiada en el ayuntamiento. Está muerto, las balas vinieron de allá, de ahí donde se ven esas personas que están al servicio del ayuntamiento de Santa Lucía, se llama Brad, es un reportero de Indymedia, magnífica persona, buen amigo, es una salvajada esto que le hicieron. Luis Fernando refutando a Manuel Hernández: este movimiento sabe a dónde va, tiene un destino cierto, este movimiento tiene como meta la democratización del SNTE y la democratización del país, así como la defensa de la educación pública y del patrimonio histórico, material y cultural de nuestro pueblo.

Cincuenta años de vida y treinta de pertenecerte. Te agradezco las goteras de mi techo, mis deudas persistentes, la precariedad de mi bolsillo, mi corazón lleno de lunas y mareas. Te agradezco haberme mantenido lejos de los sabios y cerca de los ignorantes, te agradezco mi ignorancia. Tac, tac, tac, la gotera persiste y es hora de abrirle paso a nuevos sueños, de escribirlos en el eslabón de la rutina con palabras nuevas. Es hora de dejar de amar para seguir amando. El mar me secunda, y la noche, y el canto de la cigarra que también persiste como la gotera. A veces tu amor es un poco amargo, a veces es amplia miel, como tu corazón urdido a mi piel de greda. Los años de Fresno se prolongan, me desbordan, no los puedo contener. Una cigarra. Una gotera.


26.5.11

Padrenuestro rulfiano

Padre Rulfo que estás en el cielo,
Santificada sea tu letra...
Vénganos tu páramo,
Hágase señor tu voluntad
así en el Llano como en Comala,
Danos hoy La San Juan de cada día
Perdona nuestra alharaca
Como también nosotros
Perdonamos a nuestros rumores,
No nos dejes caer en sanación
Líbranos un equipal.